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Gabriel Encinar

I
Para qué tanto ruido. A qué viene el continuo espanto de la pólvora y el plomo. Tantos muertos sin tumba ni misterio, sin dios ni profeta que prometa la eterna gloria. Sin ramos de flores, ni siquiera la cajita de madera, ni siquiera un cementerio dondo poder, al menos, recibir la visita, por otra parte inútil, de los corazones nostálgicos.

La sinrazón abate, con miedo y terror, la carne más débil. El asfalto y las aceras se tiñen de rojo, y las farolas alumbran el constante dolor de moribundos que, con su soledad a cuestas, sucumben ante tanto desastre repetido y cotidiano. Las venas esparcidas, los ojos tuertos y extraviados, las piernas cojas, las manos mancas, y tantas veces, el amasijo de cristales, carne y arena envenenan los caminos de la muerte.

MIllones de huérfanos reclaman paternidades vacías. Las madres, con los pezones resecos y agrietados, no consiguen el consuelo de unos labios ávidos de leche y abrigo. Cada muerte se esconde tras la sombra del desconsuelo, cada cadáver trastoca la historia, y suspende en el aire el olor a incienso de las catedrales malvadas y toscas, que nada sienten en su pétreo corazón.

Y el sol se pone cada atardecer, como si nada hubiera ocurrido. La luna imunina las ruinas y esqueletos en la ciudad herida. El viento arrastra ramas y huesos por igual, a cementerios comunes, barrancos y cunetas se llenan de olvido con el cómplice silencio del anochecer harto ya, de tanto ruido, de tanto espanto, repetido y cotidiano.
II
Había perdido el norte
el sur estaba muy lejos
y el este ya no existía.

Se había cambiado el nombre
en su reloj de bolsillo
grabó con sangre una rosa
y una mariposa negra
y roja
la mariposa.

Apenas amanecía
se enamoraba del alba
aspirando el aire azul
invisible, libre.

Ya no quedaba nada
nada que perder
a no ser
el sueño.

Y de vez en cuando
rozaba con los dedos
el silencio,
lloraba de rabia
hasta quedarse mirando
el horizonte más triste.

Se había quedado solo
sólo con su sombra
y el olvido
se apoderó
de su corazón herido.

De repente
adivinó su suerte
se desnudó sin más
y rumbo al cementerio
cortó tres mil amapolas
en señal de duelo.

Más solo que nunca
se fundió con la tierra
dejando escrito su nombre
en una de tantas piedras.
III
La mañana estaba fría
en apacible letargo de un tiempo
que prometía silencio.

La amapola
roja de ira
sangraba el campo de muerte.

De la rama del árbol viejo
pende la soga y el cuello
sobre la tierra se extiende
la negra sombra del muerto.

La mañana estaba fría y serena
en apacible letargo
y el tiempo
silenciosamente triste
silenciosamente amargo
IV
No he perdido la memoria
recuerdo bien aquel tiempo
las luces tenues,
la nieve fría,
las cadenas en las manos
con profundas cicatrices
en la cara y en el alma.

Recuerdo bien aquel tiempo
y prefiero no olvidar.

¿Cómo olvidar
el olor a cementerio
el color de aquellos muertos
la intransigencia del agua
con la garganta reseca?
¿Cómo olvidar el silencio
la sangre, el miedo?

Recuerdo bien aquel tiempo
de banderas al viento
de venerada patria
aquel tiempo gris
violento,
recuerdo los templos
de destempladas paredes
de inquisidores tormentos.

Ahora sólo me queda
desentrañar el presente,
con sus luces
con su nieve
sus cadenas
cementerios
con sus muertos
su silencio
sus banderas
y sus templos.

Y comprobar que a la postre
el pasado y el presente
viene a ser el mismo tiempo
V
Del árbol de la alameda
se caen las hojas de pena
en otoño la tristeza
añora la primavera.

Está el canario apostado
en la rama más estrecha
no canta que llora
su trino de rabia,
qué triste la rama
qué estrecha
qué sola.

Está el cielo negro sobre la alameda
donde las hojas del árbol
siguen cayendo de pena
VI
Aletargados, inmóviles
inertes como las piedras
sólidas comparsas
maniatados pensamientos
hambrientos humanos.

Sumisos, obedientes
ambicionamos lo ajeno
sin valorar lo que es nuestro
acatamos leyes, órdenes
adiestrados borregos inconsecuentes.

Cuando llueve nos quejamos
y al sol nos derretimos
endebles, frágiles humanos
nos rompe el alma una pena
nos mata la indiferencia.

Tratando de ser eternos
aceptamos lo imposible
lo mismo nos vale un dios
que un supuesto hechicero
el caso es seguir viviendo.

Y al final siempre lo mismo
deseos insatisfechos
vanos intentos y flores
asesinatos, suicidios, muertes
falsas promesas, lamentos
un día de gloria
y el resto
páginas llenas de sangre
VII
La tarde serena
la brisa aun leve
el sol casi oculto
el árbol quieto
silencio.

De pronto,
el estruendo
balas de plomo
niños muriendo.
De pronto,
el lamento
el llanto espeso
campanas de muerte.

Al cabo de un tiempo
enterramos la pena.

Y de nuevo.

La tarde serena
la brisa tan leve
el sol se ha ocultado
el árbol quieto
silencio
VIII
Han izado la bandera del olvido
en lo alto de la iglesia
una cruz apolillada
con el Cristo a media asta.

El militar al acecho
destruyendo lo más bello
siempre pisando las flores
coleccionando metales
¡Hasta cuándo los cuarteles
repletos de sangre fría
de insensibles animales!

Mientras
voraces pirañas
engullen ávidamente
el poco aire que queda
y corroen las entrañas
de los míseros mortales
que sumisos se contentan
con los despojos ajenos.

No creo que sea cuestión
de olvidar dudas y penas
en cruces apolilladas
con el Cristo a media asta,
ni pedir redención
a militares devotos
que comulgan corazones
ni de esperar compasión
de las voraces pirañas
que engullen ávidamente
el alma de los incautos.

Será cuestión de violar
las sagradas escrituras
con la blasfemia en la boca
y olvidarnos de una vez
de la fe que nos condena
a morirnos de esperanza.

Será cuestión de venganza
por tantas flores pisadas
en primaveras de sangre
o de odiar
con toda el alma
a los siervos de la patria
los que envenenan el aire
con ráfagas de metralla.

Será, supongo, cuestión
de perder ya la paciencia
de saber que la inocencia
es pasto de las pirañas
de las que asfixian el aire
y corroen las entrañas
IX
Tengo miedo
saben mi nombre, mi casa, mi acera
saben mi forma, mi andar, mi manera
saben de que pie cojeo.

Todo lo saben
los alacranes,
saben mi escudo y mi espada
mi mirada
saben mi odio y mi ira
mi manía
saben mis gestos y ademanes
los alacranes.

Si toso, suspiro, respiro
si muero,
si jadeo, me enciendo, te beso
si te quiero,
si creo, si añoro, si en fin
te deseo,
lo saben
lo saben todo.

Por saber
saben el día e incluso la hora
de mi muerte.

Y si no saben
preguntan,
al árbol que me da sombra
en las tardes de sosiego,
a la lluvia que humedece
mis huesos,
al sendero que me guía
en la huída
y el regreso.

Todo lo saben
los alacranes,
mi mirada, mi manía
si te quiero o te deseo
saben de que pie cojeo
y por eso
tengo miedo
X
No pretendáis darme largas
hundir mis sueños
quemarme el alma
que tengo anchas las venas
las tengo llenas de rabia.

No silenciéis mis palabras
ni mi canto ni mi voz
ni siquiera mi guitarra
que si fuera necesario
me romperé la garganta.

No intentéis atar mis manos
tapar mi boca
vendar mis ojos
que tengo sangre en las venas
y la rabia en las entrañas.

Y si un día nefasto
pretendéis cortar mis venas
o silenciáis mi guitarra
o incluso me arrancáis las entrañas,
me quedará el corazón
rojo de ira
negro de odio
y sobre todo enamorado
enamorado de rabia
XI
Con el sable en la garganta
amenazan, matan, rematan
decapitan la esperanza.

Argumentan con la fuerza
predican con la violencia
nos vencen con la constancia
con que sepultan la historia
con alevosa arrogancia.

Ya sabes,
son los pastores
que conducen los rebaños
hacia los pastos con flores,
margaritas de silencio
rosas cubiertas de sangre
las azucenas de hielo
las amapolas de escarcha.

Son los que roban los sueños
los que enjaulan al jilguero
los que te matan primero
y te preguntan más tarde.

Ya sabes
son los pastores
que conducen los rebaños
hacia los pastos con flores,
margaritas de silencio
rosas cubiertas de sangre
las azucenas de hielo
las amapolas de escarcha.

Ya sabes,
esos rebaños
que se estremecen de miedo
XIII
Al final de la vereda
donde se pierde el silencio
descansaré para siempre
después del duro combate
mantenido con la muerte.

Besaré entonces las flores
caminaré tierra adentro
hasta que al fin el olvido
se haga cargo de mis huesos.

Y seré uno de tantos
derrotados por el tiempo
uno de tantos humanos
que se ha dejado la vida
en el inútil intento
de mejorar primaveras
plantando más azucenas
en aceras de cemento.

Lo lamento,
sé que no sirve de nada
el brillo del firmamento
si la luna está apagada.

Por eso,
cuando la muerte se acerque
la miraré fijamente
con los ojos derretidos
por el fuego de la pena
y plácidamente,
descansaré para siempre
donde se pierde el silencio
al final de la vereda
La contra
Propongo derribar el poder
por corrupto e intolerante
por hacer de la tortura un arte
y de la opresión un placer.

Rechazo lo eclesiástico
por dogmático y fanático
por su carácter profético
y su destino fantástico.

Un no rotundo a lo militar
por autoritario e irracional
alzarse en salvador nacional
y en mutilador de la paz.

Para vivir, la libertad
tan codiciada como inalcanzable
acaso sea valor inseparable
del principio de humanidad